lunes, 20 de julio de 2009

Me Sorprendo

Me sorprendo a mí misma pensando en vos. Recordando, imaginando, pensando si todo fue real o lo inventé. De repente mi mente, mi loca y curiosa mente, se confabula con el destino y con cada paso que doy. Me muestra cosas que siempre estuvieron ahí y yo nunca quise ver...recuerdos y objetos que mi cerebro eliminó con gran destreza, dejándote a vos en el rincón más alejado de mi mente, en el cajón de las materias terminadas, las situaciones impensables y las personas prohibidas. Mi mente me pide que te saque del cajón. O más bien ella, que es alborotada y le encanta enredarme, te va sacando lentamente y mis ojos empiezan a ver lo inimaginable. Y entonces...¿a qué jugamos? Jugamos a que ella me tienta y yo no me dejo....jugamos a que me quiere enredar y yo me aguanto...
No quiero morir lentamente como diría Neruda, evitando una pasión y prefiriendo "el negro sobre blanco y los puntos sobre las "íes" a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos". Estoy 100% a favor del remolino de emociones, pero también 100% a favor de la salud mental y emocional. Y siempre ha sido así, me dedico a observar una batalla entre la razón y la pasión. Como siempre digo a quién me pregunta, sucederá lo inevitable... y para qué querer saber, si lo mejor de la vida es que es impredecible y uno nunca sabe lo que le va a pasar.
Para los que no conocen el poema y algún día leerán este blog, ahí va Quién Muere, de Pablo Neruda.
"Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce.
Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú. Muere lentamente quien evita una pasión, quien prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las "íes" a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos,sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.
Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.
Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en si mismo.
Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar. Muere lentamente, quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante.
Muere lentamente, quien abandona un proyecto antes de iniciarlo, no preguntando de un asunto que desconoce o no respondiendo cuando le indagan sobre algo que sabe.
Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar. Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos una espléndida felicidad."

miércoles, 8 de julio de 2009

Son las 9:03 de la mañana y estoy en horas de trabajo. No sé mucho del cuerpo humano, pero sospecho que hoy hay algo en mí que me dificulta la respiración. Soy absolutamente consciente del aire que entra a mi cuerpo, y cada dos minutos suspiro, tratando de coger la mayor cantidad de oxígeno para que llegue a mi torrente sanguíneo y comience su viaje hasta mi corazón. Hoy no tengo mucho trabajo. Necesito tomar algunas decisiones importantes, pero mi jefe está enferma y por ahora no la puedo molestar.
La ausencia de carga laboral me pone a pensar mucho, y el pensar en cosas trascendentales quizás me pone nerviosa y por eso siento la falta de oxígeno. Antes debería estar feliz porque tengo tiempo para MIS COSAS, como siempre digo. En el colegio solía depositar mi felicidad en algún evento del día. Los días comunes y ordinarios no me gustaban, me parecían tan normales y tristes. Cuando había algo especial mi ánimo cambiaba radicalmente. Podía ser la semana cultural, el cumpleaños de algún amigo cercano, alguna actividad lúdica en clase, una tertulia filosófica, algo que hiciera un alto en la rutina y me hiciera sentir un poquito más viva. Pero en realidad estaba viva cada minuto: cuando me moría del frío a las 7 de la mañana, cuando le hacía mala cara a la clase de física, cuando se me aceleraba el corazón con alguna clase de filosofía que parecía dar respuestas a mis preguntas, en clase de educación física y en cada día normal, yo estaba más viva que nunca.
El estar consciente de mi respiración precisamente me hace sentir más viva que nunca, me recuerda que dependo de un corazón oxigenado que debo cuidar, que en cualquier momento se puede detener como un reloj que hace el último esfuerzo con una pila gastada. Me recuerda que somos igual de frágiles que las diminutas hormigas que se cuelan en mi café y en mi puesto de trabajo, que hay que vivir el presente, recordar las enseñanzas del pasado y de vez en cuando visualizar un futuro anhelado.

lunes, 6 de julio de 2009

Las aventuras de una acelerada subida de tono. Capítulo 1.

Continuamente me río de mi misma. Es la mejor forma de aceptar que de vez en cuando me pego con todo lo que encuentro y me meto en situaciones engorrosas y complicadas. Y sí, sí me pego con todo y me salen horribles morados, alego constantemente con el tráfico en la calle, exagero el volumen del radio cuando manejo y hablo sola todo el tiempo. Soy tan acelerada que por no llegar tarde a una cita médica, me quedé sin un peso para pagar un parqueadero, y es en momentos como estos donde la tarjeta débito no sirve para absolutamente nada!
Salí de la oficina a las 6 de la tarde en punto, y tenía tres cosas muy claras: la primera era que tenía cita médica a las 6:20 de la tarde y no podía perderla, la segunda, que iba a meter el carro a un parqueadero que queda en frente del edificio, y la tercera, que no tenía ni cien pesos en la billetera. Necesitaba un cajero. Así que salí con esa claridad mental que suelo tener, calculadora, midiendo cada minuto del itinerario. No paré en mi cajero de confianza porque es muy demorado, ni paré en otro cercano porque es peligroso, sólo rogué encontrar uno en el camino. Efectivamente encontré un hermoso ATH en cerca de mi ruta, sólo tenía que dar una pequeña vuelta y parquear. Todo fue muy rápido y efectivo, para darme cuenta finalmente que estaba fuera de servicio. Me monté al carro de nuevo a las 6:14 de la tarde, pensando en que no iba a encontrar otro cajero, y si daba más vueltas iba a llegar muy tarde, pues estaba en pleno trancón de la hora pico. Así que opté por esperar que pasara un milagro, algo así como un cajero al lado del consultorio.
Llegué al parqueadero y el vigilante me hizo un siete con los dedos. Yo grité: "¿Qué?" Y me dijo: "Hasta las siete". Le dije que bueno, que no me demoraba. Pasé la calle y me di cuenta que frente al edificio estaba el típico señor con trapito rojo ayudando a los carros a parquear y me percaté de que el andén no estaba tan lleno. Por un día, hubiera podido dejarlo por ahí, pero ¡No se me ocurrió! Entonces le pregunté al señor del trapito si había un cajero cerca. Me dijo que dando la vuelta a la manzana por la Clínica de los Remedios. Pensé que seguramente al salir tendría que caminar en busca de ese cajero.
Subí, me atendieron, me dijeron que había subido 1 kilo y me hicieron un examen que costó $9.000. Y...no tenían tarjeta débito, mejor dicho, no tenían datáfono, porque el que tiene la tarjeta débito es uno. No hubo problema, la médica es de confianza y me dejaron la cuenta pendiente. Bajé por el ascensor, pensando en las distintas formas para no pagar un parqueadero. # 1: decir: "ayyy señor, no tengo ni un peso, ¿puedo pasar después y pagarle?" Mmm , me hubiera pegado.
# 2: decir: "Señor, me quedé sin plata pero le doy mi reloj, mis aretes, mi zapato".... no no no, esa la descarté de una, además que no tengo reloj y los aretes me gustaban mucho.
# 3: Pedirle a la Doctora o a la secretaria. Descartado también.
Así que bajé y caminé hacia la derecha, invocando ese ATH preciado. Pasé por una calle horrible, muy transitada, llena de gente y de carros y de buses. Recordé que había perdido la habilidada para caminar sola de noche en la calle, que estar subida en un carro me vuelve temerosa, y que es importante no olvidar desenvolverse SIN NERVIOS y con la absoluta seguridad de que nada va a pasar. Caminé como loca, a toda velocidad. Los tacones sonaban en el cemento y mis ojos miraban a todas partes al mismo tiempo. Paré en una kiosco de revistas y pregunté por el cajero. "Ahí adelantico niña". Odio que me digan niña. Di cinco pasos más y ahí estaba mi cajero. Era el local más oscuro y lúgubre de la cuadra, el menos iluminado. Entré, cerré con seguro y el cajero me dijo que no tenía recibos, pero que si quería hacer mi transacción. Para no dar tanta papaya según yo, saqué sólo 10 mil pesos. Los dejé en mi mano, tapados por un sobre de manila en donde tenía un examen médico de mi hermana y unas prescripciones. Corrí del cajero a la calle y seguí avanzando con pasos de elefante, taconeando fuerte, con un poquito de miedo. Llegué al parquedaero triunfal, muerta de la risa, orgullosa de mi hazaña y sintiéndome un poco ridícula. Estiré la mano con mi súper billete de 10 mil pesos y paqué la suma de 1.300 pesos. Compré una galleta de coco de la tienda del parqueadero, no sé por qué, pero simplemente se vía rica, y sin importar la cantidad de gérmenes, me la comí.
Me monté al carro, pensando que toda esta estupidez había terminado. Cogí una calle en contravía, muy lentamente y con prudencia, sólo para escapar de la calle 25, que era por la que ya había pasado a pie. Me encontré con una calle cerrada y di la vuelta; inevitablemente volví a dar con la misma calle. Justo ahí me di cuenta que había dejado el sobre de manila en la casetica donde pagué el parqueadero. Me devolví y el señor no me dejó entrar. Desde la puerta yo veía el sobre de manila y le indiqué que me lo pasará. Él abrió la puerta y me lo llevó sin vacilar. Di reversa y ahora si por fin, se había acabado el episodio más tonto del mundo, por sólo ¡1.300 pesos!