Continuamente me río de mi misma. Es la mejor forma de aceptar que de vez en cuando me pego con todo lo que encuentro y me meto en situaciones engorrosas y complicadas. Y sí, sí me pego con todo y me salen horribles morados, alego constantemente con el tráfico en la calle, exagero el volumen del radio cuando manejo y hablo sola todo el tiempo. Soy tan acelerada que por no llegar tarde a una cita médica, me quedé sin un peso para pagar un parqueadero, y es en momentos como estos donde la tarjeta débito no sirve para absolutamente nada!
Salí de la oficina a las 6 de la tarde en punto, y tenía tres cosas muy claras: la primera era que tenía cita médica a las 6:20 de la tarde y no podía perderla, la segunda, que iba a meter el carro a un parqueadero que queda en frente del edificio, y la tercera, que no tenía ni cien pesos en la billetera. Necesitaba un cajero. Así que salí con esa claridad mental que suelo tener, calculadora, midiendo cada minuto del itinerario. No paré en mi cajero de confianza porque es muy demorado, ni paré en otro cercano porque es peligroso, sólo rogué encontrar uno en el camino. Efectivamente encontré un hermoso ATH en cerca de mi ruta, sólo tenía que dar una pequeña vuelta y parquear. Todo fue muy rápido y efectivo, para darme cuenta finalmente que estaba fuera de servicio. Me monté al carro de nuevo a las 6:14 de la tarde, pensando en que no iba a encontrar otro cajero, y si daba más vueltas iba a llegar muy tarde, pues estaba en pleno trancón de la hora pico. Así que opté por esperar que pasara un milagro, algo así como un cajero al lado del consultorio.
Llegué al parqueadero y el vigilante me hizo un siete con los dedos. Yo grité: "¿Qué?" Y me dijo: "Hasta las siete". Le dije que bueno, que no me demoraba. Pasé la calle y me di cuenta que frente al edificio estaba el típico señor con trapito rojo ayudando a los carros a parquear y me percaté de que el andén no estaba tan lleno. Por un día, hubiera podido dejarlo por ahí, pero ¡No se me ocurrió! Entonces le pregunté al señor del trapito si había un cajero cerca. Me dijo que dando la vuelta a la manzana por la Clínica de los Remedios. Pensé que seguramente al salir tendría que caminar en busca de ese cajero.
Subí, me atendieron, me dijeron que había subido 1 kilo y me hicieron un examen que costó $9.000. Y...no tenían tarjeta débito, mejor dicho, no tenían datáfono, porque el que tiene la tarjeta débito es uno. No hubo problema, la médica es de confianza y me dejaron la cuenta pendiente. Bajé por el ascensor, pensando en las distintas formas para no pagar un parqueadero. # 1: decir: "ayyy señor, no tengo ni un peso, ¿puedo pasar después y pagarle?" Mmm , me hubiera pegado.
# 2: decir: "Señor, me quedé sin plata pero le doy mi reloj, mis aretes, mi zapato".... no no no, esa la descarté de una, además que no tengo reloj y los aretes me gustaban mucho.
# 3: Pedirle a la Doctora o a la secretaria. Descartado también.
Así que bajé y caminé hacia la derecha, invocando ese ATH preciado. Pasé por una calle horrible, muy transitada, llena de gente y de carros y de buses. Recordé que había perdido la habilidada para caminar sola de noche en la calle, que estar subida en un carro me vuelve temerosa, y que es importante no olvidar desenvolverse SIN NERVIOS y con la absoluta seguridad de que nada va a pasar. Caminé como loca, a toda velocidad. Los tacones sonaban en el cemento y mis ojos miraban a todas partes al mismo tiempo. Paré en una kiosco de revistas y pregunté por el cajero. "Ahí adelantico niña". Odio que me digan niña. Di cinco pasos más y ahí estaba mi cajero. Era el local más oscuro y lúgubre de la cuadra, el menos iluminado. Entré, cerré con seguro y el cajero me dijo que no tenía recibos, pero que si quería hacer mi transacción. Para no dar tanta papaya según yo, saqué sólo 10 mil pesos. Los dejé en mi mano, tapados por un sobre de manila en donde tenía un examen médico de mi hermana y unas prescripciones. Corrí del cajero a la calle y seguí avanzando con pasos de elefante, taconeando fuerte, con un poquito de miedo. Llegué al parquedaero triunfal, muerta de la risa, orgullosa de mi hazaña y sintiéndome un poco ridícula. Estiré la mano con mi súper billete de 10 mil pesos y paqué la suma de 1.300 pesos. Compré una galleta de coco de la tienda del parqueadero, no sé por qué, pero simplemente se vía rica, y sin importar la cantidad de gérmenes, me la comí.
Me monté al carro, pensando que toda esta estupidez había terminado. Cogí una calle en contravía, muy lentamente y con prudencia, sólo para escapar de la calle 25, que era por la que ya había pasado a pie. Me encontré con una calle cerrada y di la vuelta; inevitablemente volví a dar con la misma calle. Justo ahí me di cuenta que había dejado el sobre de manila en la casetica donde pagué el parqueadero. Me devolví y el señor no me dejó entrar. Desde la puerta yo veía el sobre de manila y le indiqué que me lo pasará. Él abrió la puerta y me lo llevó sin vacilar. Di reversa y ahora si por fin, se había acabado el episodio más tonto del mundo, por sólo ¡1.300 pesos!

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