viernes, 28 de agosto de 2009

Vuelve

Vuelve la presión en el pecho. El estúpido deseo de querer volar sin ningún límite. La sensación de ahogo. El olor a soledad. El oleaje de agua cristalina cubierto por el manto oscuro de la noche. El aleteo de una mariposa luchando por dejar su bóveda. El mar en los ojos, el viento en la garganta. El sentido perdido, el olfato dormido. El color escondido. Las luces del olvido.


lunes, 20 de julio de 2009

Me Sorprendo

Me sorprendo a mí misma pensando en vos. Recordando, imaginando, pensando si todo fue real o lo inventé. De repente mi mente, mi loca y curiosa mente, se confabula con el destino y con cada paso que doy. Me muestra cosas que siempre estuvieron ahí y yo nunca quise ver...recuerdos y objetos que mi cerebro eliminó con gran destreza, dejándote a vos en el rincón más alejado de mi mente, en el cajón de las materias terminadas, las situaciones impensables y las personas prohibidas. Mi mente me pide que te saque del cajón. O más bien ella, que es alborotada y le encanta enredarme, te va sacando lentamente y mis ojos empiezan a ver lo inimaginable. Y entonces...¿a qué jugamos? Jugamos a que ella me tienta y yo no me dejo....jugamos a que me quiere enredar y yo me aguanto...
No quiero morir lentamente como diría Neruda, evitando una pasión y prefiriendo "el negro sobre blanco y los puntos sobre las "íes" a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos". Estoy 100% a favor del remolino de emociones, pero también 100% a favor de la salud mental y emocional. Y siempre ha sido así, me dedico a observar una batalla entre la razón y la pasión. Como siempre digo a quién me pregunta, sucederá lo inevitable... y para qué querer saber, si lo mejor de la vida es que es impredecible y uno nunca sabe lo que le va a pasar.
Para los que no conocen el poema y algún día leerán este blog, ahí va Quién Muere, de Pablo Neruda.
"Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce.
Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú. Muere lentamente quien evita una pasión, quien prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las "íes" a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos,sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.
Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.
Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en si mismo.
Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar. Muere lentamente, quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante.
Muere lentamente, quien abandona un proyecto antes de iniciarlo, no preguntando de un asunto que desconoce o no respondiendo cuando le indagan sobre algo que sabe.
Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar. Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos una espléndida felicidad."

miércoles, 8 de julio de 2009

Son las 9:03 de la mañana y estoy en horas de trabajo. No sé mucho del cuerpo humano, pero sospecho que hoy hay algo en mí que me dificulta la respiración. Soy absolutamente consciente del aire que entra a mi cuerpo, y cada dos minutos suspiro, tratando de coger la mayor cantidad de oxígeno para que llegue a mi torrente sanguíneo y comience su viaje hasta mi corazón. Hoy no tengo mucho trabajo. Necesito tomar algunas decisiones importantes, pero mi jefe está enferma y por ahora no la puedo molestar.
La ausencia de carga laboral me pone a pensar mucho, y el pensar en cosas trascendentales quizás me pone nerviosa y por eso siento la falta de oxígeno. Antes debería estar feliz porque tengo tiempo para MIS COSAS, como siempre digo. En el colegio solía depositar mi felicidad en algún evento del día. Los días comunes y ordinarios no me gustaban, me parecían tan normales y tristes. Cuando había algo especial mi ánimo cambiaba radicalmente. Podía ser la semana cultural, el cumpleaños de algún amigo cercano, alguna actividad lúdica en clase, una tertulia filosófica, algo que hiciera un alto en la rutina y me hiciera sentir un poquito más viva. Pero en realidad estaba viva cada minuto: cuando me moría del frío a las 7 de la mañana, cuando le hacía mala cara a la clase de física, cuando se me aceleraba el corazón con alguna clase de filosofía que parecía dar respuestas a mis preguntas, en clase de educación física y en cada día normal, yo estaba más viva que nunca.
El estar consciente de mi respiración precisamente me hace sentir más viva que nunca, me recuerda que dependo de un corazón oxigenado que debo cuidar, que en cualquier momento se puede detener como un reloj que hace el último esfuerzo con una pila gastada. Me recuerda que somos igual de frágiles que las diminutas hormigas que se cuelan en mi café y en mi puesto de trabajo, que hay que vivir el presente, recordar las enseñanzas del pasado y de vez en cuando visualizar un futuro anhelado.

lunes, 6 de julio de 2009

Las aventuras de una acelerada subida de tono. Capítulo 1.

Continuamente me río de mi misma. Es la mejor forma de aceptar que de vez en cuando me pego con todo lo que encuentro y me meto en situaciones engorrosas y complicadas. Y sí, sí me pego con todo y me salen horribles morados, alego constantemente con el tráfico en la calle, exagero el volumen del radio cuando manejo y hablo sola todo el tiempo. Soy tan acelerada que por no llegar tarde a una cita médica, me quedé sin un peso para pagar un parqueadero, y es en momentos como estos donde la tarjeta débito no sirve para absolutamente nada!
Salí de la oficina a las 6 de la tarde en punto, y tenía tres cosas muy claras: la primera era que tenía cita médica a las 6:20 de la tarde y no podía perderla, la segunda, que iba a meter el carro a un parqueadero que queda en frente del edificio, y la tercera, que no tenía ni cien pesos en la billetera. Necesitaba un cajero. Así que salí con esa claridad mental que suelo tener, calculadora, midiendo cada minuto del itinerario. No paré en mi cajero de confianza porque es muy demorado, ni paré en otro cercano porque es peligroso, sólo rogué encontrar uno en el camino. Efectivamente encontré un hermoso ATH en cerca de mi ruta, sólo tenía que dar una pequeña vuelta y parquear. Todo fue muy rápido y efectivo, para darme cuenta finalmente que estaba fuera de servicio. Me monté al carro de nuevo a las 6:14 de la tarde, pensando en que no iba a encontrar otro cajero, y si daba más vueltas iba a llegar muy tarde, pues estaba en pleno trancón de la hora pico. Así que opté por esperar que pasara un milagro, algo así como un cajero al lado del consultorio.
Llegué al parqueadero y el vigilante me hizo un siete con los dedos. Yo grité: "¿Qué?" Y me dijo: "Hasta las siete". Le dije que bueno, que no me demoraba. Pasé la calle y me di cuenta que frente al edificio estaba el típico señor con trapito rojo ayudando a los carros a parquear y me percaté de que el andén no estaba tan lleno. Por un día, hubiera podido dejarlo por ahí, pero ¡No se me ocurrió! Entonces le pregunté al señor del trapito si había un cajero cerca. Me dijo que dando la vuelta a la manzana por la Clínica de los Remedios. Pensé que seguramente al salir tendría que caminar en busca de ese cajero.
Subí, me atendieron, me dijeron que había subido 1 kilo y me hicieron un examen que costó $9.000. Y...no tenían tarjeta débito, mejor dicho, no tenían datáfono, porque el que tiene la tarjeta débito es uno. No hubo problema, la médica es de confianza y me dejaron la cuenta pendiente. Bajé por el ascensor, pensando en las distintas formas para no pagar un parqueadero. # 1: decir: "ayyy señor, no tengo ni un peso, ¿puedo pasar después y pagarle?" Mmm , me hubiera pegado.
# 2: decir: "Señor, me quedé sin plata pero le doy mi reloj, mis aretes, mi zapato".... no no no, esa la descarté de una, además que no tengo reloj y los aretes me gustaban mucho.
# 3: Pedirle a la Doctora o a la secretaria. Descartado también.
Así que bajé y caminé hacia la derecha, invocando ese ATH preciado. Pasé por una calle horrible, muy transitada, llena de gente y de carros y de buses. Recordé que había perdido la habilidada para caminar sola de noche en la calle, que estar subida en un carro me vuelve temerosa, y que es importante no olvidar desenvolverse SIN NERVIOS y con la absoluta seguridad de que nada va a pasar. Caminé como loca, a toda velocidad. Los tacones sonaban en el cemento y mis ojos miraban a todas partes al mismo tiempo. Paré en una kiosco de revistas y pregunté por el cajero. "Ahí adelantico niña". Odio que me digan niña. Di cinco pasos más y ahí estaba mi cajero. Era el local más oscuro y lúgubre de la cuadra, el menos iluminado. Entré, cerré con seguro y el cajero me dijo que no tenía recibos, pero que si quería hacer mi transacción. Para no dar tanta papaya según yo, saqué sólo 10 mil pesos. Los dejé en mi mano, tapados por un sobre de manila en donde tenía un examen médico de mi hermana y unas prescripciones. Corrí del cajero a la calle y seguí avanzando con pasos de elefante, taconeando fuerte, con un poquito de miedo. Llegué al parquedaero triunfal, muerta de la risa, orgullosa de mi hazaña y sintiéndome un poco ridícula. Estiré la mano con mi súper billete de 10 mil pesos y paqué la suma de 1.300 pesos. Compré una galleta de coco de la tienda del parqueadero, no sé por qué, pero simplemente se vía rica, y sin importar la cantidad de gérmenes, me la comí.
Me monté al carro, pensando que toda esta estupidez había terminado. Cogí una calle en contravía, muy lentamente y con prudencia, sólo para escapar de la calle 25, que era por la que ya había pasado a pie. Me encontré con una calle cerrada y di la vuelta; inevitablemente volví a dar con la misma calle. Justo ahí me di cuenta que había dejado el sobre de manila en la casetica donde pagué el parqueadero. Me devolví y el señor no me dejó entrar. Desde la puerta yo veía el sobre de manila y le indiqué que me lo pasará. Él abrió la puerta y me lo llevó sin vacilar. Di reversa y ahora si por fin, se había acabado el episodio más tonto del mundo, por sólo ¡1.300 pesos!

martes, 19 de mayo de 2009

Mis abuelas

Hoy estuve pensando en mis abuelas, en la vejez y en el paso del tiempo; en lo que saben y en lo que no. En si todo tiempo pasado fue mejor y en cómo hubiera sido vivir en la época de ellas. Por mi parte, tengo dos clases de abuelas; la social y la encerrada.

La primera es todo un personaje, una matrona de gran trasero y exquisito sazón. Tienen un gran carácter, y aunque estoy en desacuerdo con algunas cosas, la admiro por encima de todo. Como buena judía, quiere que todo esté en orden y se haga como ella diga, así que no sólo da órdenes en la cocina sino también a sus hijos y nietos. Sale a caminar por las mañanas, va a cine, a fincas, a fiestas, se lee El País de pe a pa y comenta si fulanita se casó o perensejo se divorció. Ahora sólo me llama al celular y me pregunta si ya me vi tal película para que la comentemos. Se mete a la cocina, instruye a más de una empleada y termina sirviendo bandejas deliciosas de comida árabe que duran hasta una semana después. Generalmente quiere que comamos como si no hubiera mañana, y lo peor de todo es que terminamos cediendo. No se pierde ni velorio ni entierro ni matrimonio, y menos un juego de canasta. A propósito, ¿qué es eso de canasta? Cuando era chiquita y ella decía que iba a jugar canasta, yo me la imaginaba con sus amigas frente a una gran cesta de básquet. No le da miedo viajar, ni ponerse un vestido de baño de esos con faldita para disimular el gran trasero que tiene y que casi todas sus nietas heredamos. Aunque no es una abuela seria, no es la más consentidora del mundo, máximo me da una palmadita en la pierna cuando estamos hablando, pero de abuelita tierna, no tiene ni el nombre. Es una judía casada con árabe que vive en Colombia, así que todavía me pregunto a qué Dios le reza o en qué cree a parte de la buena de mesa.

La segunda es la típica abuelita tierna, rezandera y teleadicta que un día decidió no volverse a teñir el pelo. Eso sí, habla de política porque se ve todos los noticieros y se sabe la vida de cuanta artista mexicana y venezolana haya. Tiene unos vicios rarísimos, llama a la empleada hasta para que le abra un canjón y timbra 3 veces seguidas cuando llega a mi casa. Tiene un altar en donde está hasta una virgen negra que no recuerdo de dónde es y que lleva a todas partes para que nos cuide. De los santos, el que más me gusta es San Antonio, porque según ella encuentra las cosas perdidas y hasta nos va a encontrar marido. No le gusta salir porque le duele allá y acullá, pero cuando nos vamos de paseo, se derrite con cualquier casita al borde de la carretera. Entre más desbaratada esté la casita, más la conmueve: qué ese corredorcito, que las vaquitas, que la gallina, que el sembrado de tomate de Calima, que si eso es sembrado de piña o de qué, qué dónde vamos a almorzar porque si se le pasa la hora ahí si quién se la aguanta. Tiene la costumbre de meter la plata en un rollito de papel higiénico, así que si ella va a mi casa con un pedazo de papel en la mano, uno ya sabe para dónde va la cosa. Está mamada de tanta joda con el Presidente Uribe y odia con todas sus fuerzas a Hugo Chávez. Su vida, su Dios y su todo, es su médico, el Dr. Nader, para el que más se arregla y desempolva sus tres mil alhajas que antes no se quitaba.

Y así, cada una con su cuento y con su vida, producto de ochentaipico de años lidiando con el peso de existir. Yo me pregunto cómo seré cuando vieja, sólo espero conservar las ganas de vivir y tener muchos nietos para contarles mis aventuras.....pero mmm creo que debería empezar a tener aventuras porque sino se van a aburrir.

domingo, 10 de mayo de 2009

Into the System

Resulta que últimamente juego a ser grande. Ya no soy estudiante, trabajo de 8 de la mañana a 6 de la tarde y no concibo salir a la calle sin tacones (bueno eso también obedece a mis escasos 1.60). Resulta que tengo que trabajar, que hay que ganar plata y pagar cuentas como todos los mortales colombianos que no son herederos de grandes fortunas. Resulta que ya no me toca estudiar los fines de semana, sino que los disfruto al máximo, pero recordando de vez en cuando que desde ya hasta siempre tendré vacaciones una vez al año. Supongo que hasta la universidad me tenían la vida planeada y ahora que gozo de una libertad relativa, parece más una cárcel que otra cosa.
Cuando estaba en el colegio no era del todo consciente de lo que me esperaba, yo más bien vivía en el mundo de mi salón de humanidades, soñando con Grecia antigua, comiendo aceitunas y queso en clase, recitando sonetos de Shakespeare, boicoteando la clase de física, decifrando a Nietzche, viendo películas de todo tipo, escribiendo locuras y pensando que si me esforzaba un poquito podía llegar a ser como Gabriela Mistral, o para ser más aterrizada, Ángela Becerra.
Todavía sueño, todos los días un poquito. Me quiero comer el mundo pero todavía no sé cómo ni en qué orden. Sólo se que hay que tener paciencia, pero no tanta porque la vida es muy corta.
Por lo pronto yo me sigo preguntando quién dijo o dónde escribieron cómo había que vivir.

La Rutina

Me despierto entre el sueño, miro a través de la cortina de madera y calculo cuánto falta para levantarme. Me veo nublada entre unos papeles y un computador, otra vez me estoy soñando con el trabajo. Qué mala pasada la que me está jugando el domingo por la noche, detestable domingo por la noche. Me acomodo y me cobijo, rogando que el despertador no suene. Cuando suena no me paro, le pongo pausa; una, dos veces, hasta que es el límite de tiempo. Me alisto con rapidez mientras veo el noticiero: pantalón, blusa, tacones, y maquillaje básico.

Afuera llueve. Caen goticas leves y delgadas, pero hace frío. Seguro hay trancón, aunque Cali es tan impredecible que todo puede pasar en cuestión de segundos. Llego a la oficina y es un día como todos. Prendo el computador, luego el aire acondicionado. Luego apago el aire porque me da frío y sigo trabajando toda la mañana hasta que me muero del hambre y voy por un agua aromática, evitando comer tan cerca del almuerzo. El café en la cocina me tienta, lo veo y lo huelo; mi mano hace el intento de llegar al termo, pero me desvío al agua y tomo agüita de manzanilla…sí, qué aburrido. Almuerzo mientras leo una novela mexicana que raya con el realismo mágico de García Márquez y me hace recordar pedazos de Cien Años de Soledad.

Trabajo de nuevo. Me gusta cuando me concentro en mis cosas y no tengo tantas reuniones. Aunque también me encanta salir de la oficina. A las 6 ya he ido terminando lo propuesto para el día, evalúo mentalmente haber cumplido con lo que quería hacer y arreglo todo para irme. Cojo el carro y las lucecitas de la calle me adormecen, más con este clima. Las calles están tapizadas de carros y taxistas desesperados por avanzar casi por encima de uno. Yo decido poner a Louis Armstrong lo más duro posible y hacer del viaje algo placentero antes que dejarme sacar el genio por algún conductor irresponsable. Me concentro tanto que a veces me sorprendo de cómo respondo a los reflejos en tal estado de elevamiento. En ese momento me doy cuenta que hay una ambulancia atrás, pero como yo juro que estoy en un musical de Broadway ni me he dado cuenta. De vuelta a la realidad avanzo y a pocas cuadras está mi casita esperándome con un baño de agua caliente.

domingo, 3 de mayo de 2009

Anacrónica, ¿yo?

Anacrónica: Improcedente, equivocada, incongruente, extemporánea, impropia, desplazada, mal situada, anticuada, obsoleta, desusada. Tal vez no es la palabra que mejor me describa (porque lo más probable es que no exista una que lo incluya todo), pero sin duda muchas veces, como todos, me he sentido incomprendida y hasta llegada de otro planeta.

Desde los nueve años supe que llevaba una gran mariposa adentro y que pronto tendría que averiguar qué iba a hacer con ella. Algunos de mis amigos pintan y dibujan, otros tocan un instrumento (qué hubiera dado yo por haber sido saxofonista), otros cantan, unos pocos son deportistas consagrados, otros cocinan como los dioses, algunos se apasionan con la economía o la política, mis colegas con el cine y lo audiovisual, y mi papá, que es mi gurú, con lo espiritual. Y así, todos poco a poco vamos resolviendo qué hacer con el gran animal que tenemos en el estómago, un bicho que en mi caso es una mariposa insoportable que revolotea todo el tiempo y por momentos se apodera de mí.

Por eso no puedo dejar de escribir así nadie me vaya a leer, porque sino la mariposa va a acumular sus grandes aleteadas, hasta dominarme. Me veo entonces con la necesidad de escribir, de plasmar en palabras cómo veo el mundo a mí alrededor y cómo sobrevivo en un planeta donde las posibilidades son más grandes que mis ganas de vivir.