Son las 9:03 de la mañana y estoy en horas de trabajo. No sé mucho del cuerpo humano, pero sospecho que hoy hay algo en mí que me dificulta la respiración. Soy absolutamente consciente del aire que entra a mi cuerpo, y cada dos minutos suspiro, tratando de coger la mayor cantidad de oxígeno para que llegue a mi torrente sanguíneo y comience su viaje hasta mi corazón. Hoy no tengo mucho trabajo. Necesito tomar algunas decisiones importantes, pero mi jefe está enferma y por ahora no la puedo molestar.
La ausencia de carga laboral me pone a pensar mucho, y el pensar en cosas trascendentales quizás me pone nerviosa y por eso siento la falta de oxígeno. Antes debería estar feliz porque tengo tiempo para MIS COSAS, como siempre digo. En el colegio solía depositar mi felicidad en algún evento del día. Los días comunes y ordinarios no me gustaban, me parecían tan normales y tristes. Cuando había algo especial mi ánimo cambiaba radicalmente. Podía ser la semana cultural, el cumpleaños de algún amigo cercano, alguna actividad lúdica en clase, una tertulia filosófica, algo que hiciera un alto en la rutina y me hiciera sentir un poquito más viva. Pero en realidad estaba viva cada minuto: cuando me moría del frío a las 7 de la mañana, cuando le hacía mala cara a la clase de física, cuando se me aceleraba el corazón con alguna clase de filosofía que parecía dar respuestas a mis preguntas, en clase de educación física y en cada día normal, yo estaba más viva que nunca.
El estar consciente de mi respiración precisamente me hace sentir más viva que nunca, me recuerda que dependo de un corazón oxigenado que debo cuidar, que en cualquier momento se puede detener como un reloj que hace el último esfuerzo con una pila gastada. Me recuerda que somos igual de frágiles que las diminutas hormigas que se cuelan en mi café y en mi puesto de trabajo, que hay que vivir el presente, recordar las enseñanzas del pasado y de vez en cuando visualizar un futuro anhelado.

No hay comentarios:
Publicar un comentario