martes, 19 de mayo de 2009

Mis abuelas

Hoy estuve pensando en mis abuelas, en la vejez y en el paso del tiempo; en lo que saben y en lo que no. En si todo tiempo pasado fue mejor y en cómo hubiera sido vivir en la época de ellas. Por mi parte, tengo dos clases de abuelas; la social y la encerrada.

La primera es todo un personaje, una matrona de gran trasero y exquisito sazón. Tienen un gran carácter, y aunque estoy en desacuerdo con algunas cosas, la admiro por encima de todo. Como buena judía, quiere que todo esté en orden y se haga como ella diga, así que no sólo da órdenes en la cocina sino también a sus hijos y nietos. Sale a caminar por las mañanas, va a cine, a fincas, a fiestas, se lee El País de pe a pa y comenta si fulanita se casó o perensejo se divorció. Ahora sólo me llama al celular y me pregunta si ya me vi tal película para que la comentemos. Se mete a la cocina, instruye a más de una empleada y termina sirviendo bandejas deliciosas de comida árabe que duran hasta una semana después. Generalmente quiere que comamos como si no hubiera mañana, y lo peor de todo es que terminamos cediendo. No se pierde ni velorio ni entierro ni matrimonio, y menos un juego de canasta. A propósito, ¿qué es eso de canasta? Cuando era chiquita y ella decía que iba a jugar canasta, yo me la imaginaba con sus amigas frente a una gran cesta de básquet. No le da miedo viajar, ni ponerse un vestido de baño de esos con faldita para disimular el gran trasero que tiene y que casi todas sus nietas heredamos. Aunque no es una abuela seria, no es la más consentidora del mundo, máximo me da una palmadita en la pierna cuando estamos hablando, pero de abuelita tierna, no tiene ni el nombre. Es una judía casada con árabe que vive en Colombia, así que todavía me pregunto a qué Dios le reza o en qué cree a parte de la buena de mesa.

La segunda es la típica abuelita tierna, rezandera y teleadicta que un día decidió no volverse a teñir el pelo. Eso sí, habla de política porque se ve todos los noticieros y se sabe la vida de cuanta artista mexicana y venezolana haya. Tiene unos vicios rarísimos, llama a la empleada hasta para que le abra un canjón y timbra 3 veces seguidas cuando llega a mi casa. Tiene un altar en donde está hasta una virgen negra que no recuerdo de dónde es y que lleva a todas partes para que nos cuide. De los santos, el que más me gusta es San Antonio, porque según ella encuentra las cosas perdidas y hasta nos va a encontrar marido. No le gusta salir porque le duele allá y acullá, pero cuando nos vamos de paseo, se derrite con cualquier casita al borde de la carretera. Entre más desbaratada esté la casita, más la conmueve: qué ese corredorcito, que las vaquitas, que la gallina, que el sembrado de tomate de Calima, que si eso es sembrado de piña o de qué, qué dónde vamos a almorzar porque si se le pasa la hora ahí si quién se la aguanta. Tiene la costumbre de meter la plata en un rollito de papel higiénico, así que si ella va a mi casa con un pedazo de papel en la mano, uno ya sabe para dónde va la cosa. Está mamada de tanta joda con el Presidente Uribe y odia con todas sus fuerzas a Hugo Chávez. Su vida, su Dios y su todo, es su médico, el Dr. Nader, para el que más se arregla y desempolva sus tres mil alhajas que antes no se quitaba.

Y así, cada una con su cuento y con su vida, producto de ochentaipico de años lidiando con el peso de existir. Yo me pregunto cómo seré cuando vieja, sólo espero conservar las ganas de vivir y tener muchos nietos para contarles mis aventuras.....pero mmm creo que debería empezar a tener aventuras porque sino se van a aburrir.

domingo, 10 de mayo de 2009

Into the System

Resulta que últimamente juego a ser grande. Ya no soy estudiante, trabajo de 8 de la mañana a 6 de la tarde y no concibo salir a la calle sin tacones (bueno eso también obedece a mis escasos 1.60). Resulta que tengo que trabajar, que hay que ganar plata y pagar cuentas como todos los mortales colombianos que no son herederos de grandes fortunas. Resulta que ya no me toca estudiar los fines de semana, sino que los disfruto al máximo, pero recordando de vez en cuando que desde ya hasta siempre tendré vacaciones una vez al año. Supongo que hasta la universidad me tenían la vida planeada y ahora que gozo de una libertad relativa, parece más una cárcel que otra cosa.
Cuando estaba en el colegio no era del todo consciente de lo que me esperaba, yo más bien vivía en el mundo de mi salón de humanidades, soñando con Grecia antigua, comiendo aceitunas y queso en clase, recitando sonetos de Shakespeare, boicoteando la clase de física, decifrando a Nietzche, viendo películas de todo tipo, escribiendo locuras y pensando que si me esforzaba un poquito podía llegar a ser como Gabriela Mistral, o para ser más aterrizada, Ángela Becerra.
Todavía sueño, todos los días un poquito. Me quiero comer el mundo pero todavía no sé cómo ni en qué orden. Sólo se que hay que tener paciencia, pero no tanta porque la vida es muy corta.
Por lo pronto yo me sigo preguntando quién dijo o dónde escribieron cómo había que vivir.

La Rutina

Me despierto entre el sueño, miro a través de la cortina de madera y calculo cuánto falta para levantarme. Me veo nublada entre unos papeles y un computador, otra vez me estoy soñando con el trabajo. Qué mala pasada la que me está jugando el domingo por la noche, detestable domingo por la noche. Me acomodo y me cobijo, rogando que el despertador no suene. Cuando suena no me paro, le pongo pausa; una, dos veces, hasta que es el límite de tiempo. Me alisto con rapidez mientras veo el noticiero: pantalón, blusa, tacones, y maquillaje básico.

Afuera llueve. Caen goticas leves y delgadas, pero hace frío. Seguro hay trancón, aunque Cali es tan impredecible que todo puede pasar en cuestión de segundos. Llego a la oficina y es un día como todos. Prendo el computador, luego el aire acondicionado. Luego apago el aire porque me da frío y sigo trabajando toda la mañana hasta que me muero del hambre y voy por un agua aromática, evitando comer tan cerca del almuerzo. El café en la cocina me tienta, lo veo y lo huelo; mi mano hace el intento de llegar al termo, pero me desvío al agua y tomo agüita de manzanilla…sí, qué aburrido. Almuerzo mientras leo una novela mexicana que raya con el realismo mágico de García Márquez y me hace recordar pedazos de Cien Años de Soledad.

Trabajo de nuevo. Me gusta cuando me concentro en mis cosas y no tengo tantas reuniones. Aunque también me encanta salir de la oficina. A las 6 ya he ido terminando lo propuesto para el día, evalúo mentalmente haber cumplido con lo que quería hacer y arreglo todo para irme. Cojo el carro y las lucecitas de la calle me adormecen, más con este clima. Las calles están tapizadas de carros y taxistas desesperados por avanzar casi por encima de uno. Yo decido poner a Louis Armstrong lo más duro posible y hacer del viaje algo placentero antes que dejarme sacar el genio por algún conductor irresponsable. Me concentro tanto que a veces me sorprendo de cómo respondo a los reflejos en tal estado de elevamiento. En ese momento me doy cuenta que hay una ambulancia atrás, pero como yo juro que estoy en un musical de Broadway ni me he dado cuenta. De vuelta a la realidad avanzo y a pocas cuadras está mi casita esperándome con un baño de agua caliente.

domingo, 3 de mayo de 2009

Anacrónica, ¿yo?

Anacrónica: Improcedente, equivocada, incongruente, extemporánea, impropia, desplazada, mal situada, anticuada, obsoleta, desusada. Tal vez no es la palabra que mejor me describa (porque lo más probable es que no exista una que lo incluya todo), pero sin duda muchas veces, como todos, me he sentido incomprendida y hasta llegada de otro planeta.

Desde los nueve años supe que llevaba una gran mariposa adentro y que pronto tendría que averiguar qué iba a hacer con ella. Algunos de mis amigos pintan y dibujan, otros tocan un instrumento (qué hubiera dado yo por haber sido saxofonista), otros cantan, unos pocos son deportistas consagrados, otros cocinan como los dioses, algunos se apasionan con la economía o la política, mis colegas con el cine y lo audiovisual, y mi papá, que es mi gurú, con lo espiritual. Y así, todos poco a poco vamos resolviendo qué hacer con el gran animal que tenemos en el estómago, un bicho que en mi caso es una mariposa insoportable que revolotea todo el tiempo y por momentos se apodera de mí.

Por eso no puedo dejar de escribir así nadie me vaya a leer, porque sino la mariposa va a acumular sus grandes aleteadas, hasta dominarme. Me veo entonces con la necesidad de escribir, de plasmar en palabras cómo veo el mundo a mí alrededor y cómo sobrevivo en un planeta donde las posibilidades son más grandes que mis ganas de vivir.