domingo, 10 de mayo de 2009

La Rutina

Me despierto entre el sueño, miro a través de la cortina de madera y calculo cuánto falta para levantarme. Me veo nublada entre unos papeles y un computador, otra vez me estoy soñando con el trabajo. Qué mala pasada la que me está jugando el domingo por la noche, detestable domingo por la noche. Me acomodo y me cobijo, rogando que el despertador no suene. Cuando suena no me paro, le pongo pausa; una, dos veces, hasta que es el límite de tiempo. Me alisto con rapidez mientras veo el noticiero: pantalón, blusa, tacones, y maquillaje básico.

Afuera llueve. Caen goticas leves y delgadas, pero hace frío. Seguro hay trancón, aunque Cali es tan impredecible que todo puede pasar en cuestión de segundos. Llego a la oficina y es un día como todos. Prendo el computador, luego el aire acondicionado. Luego apago el aire porque me da frío y sigo trabajando toda la mañana hasta que me muero del hambre y voy por un agua aromática, evitando comer tan cerca del almuerzo. El café en la cocina me tienta, lo veo y lo huelo; mi mano hace el intento de llegar al termo, pero me desvío al agua y tomo agüita de manzanilla…sí, qué aburrido. Almuerzo mientras leo una novela mexicana que raya con el realismo mágico de García Márquez y me hace recordar pedazos de Cien Años de Soledad.

Trabajo de nuevo. Me gusta cuando me concentro en mis cosas y no tengo tantas reuniones. Aunque también me encanta salir de la oficina. A las 6 ya he ido terminando lo propuesto para el día, evalúo mentalmente haber cumplido con lo que quería hacer y arreglo todo para irme. Cojo el carro y las lucecitas de la calle me adormecen, más con este clima. Las calles están tapizadas de carros y taxistas desesperados por avanzar casi por encima de uno. Yo decido poner a Louis Armstrong lo más duro posible y hacer del viaje algo placentero antes que dejarme sacar el genio por algún conductor irresponsable. Me concentro tanto que a veces me sorprendo de cómo respondo a los reflejos en tal estado de elevamiento. En ese momento me doy cuenta que hay una ambulancia atrás, pero como yo juro que estoy en un musical de Broadway ni me he dado cuenta. De vuelta a la realidad avanzo y a pocas cuadras está mi casita esperándome con un baño de agua caliente.

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